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lunes, 3 de noviembre de 2008

Del Día de Muertos

Pues pusimos una ofrenda, tenía muchos años proponiéndomelo y no lo había logrado, pero ahora, mi casera Tere, me invitó a ponerla con ella y si alguien más del conjunto quería agregarse. Nadie más quiso, bueno Juan (el argentino) puso la foto de un amigo muy querido que acaba de morir y le puso su cerveza.

Nosotros, Tere y yo, hicimos todo lo demás. Puse las fotos de mis papás, de mis tres amigos queridos, Pepe, Virginia y Rogelio y me faltó la de María Rosa cuyas fotos se quedaron en Puebla.
También la de mi mamá Anita, mi abuela materna y lo que les gustaba a cada uno de ellos. Su Grand Marnier a mis papás, una coquita chiquita a mi mamá, su pan de muerto, sus flores y mis recuerdos.

Bella celebración, tan diferente a la del Halloween; éste nuestro Día de Muertos tiene alma. No sé si Halloween en sus inicios haya sido también una celebración con sentido espiritual, supongo que si, desgraciadamente, como casi todo en nuestro sistema capitalista se volvió una horrorosa fiesta comercial, donde los niños se disfrazan con espantosos trajes, máscaras y atuendos para pedir dulces, que en los Estados Unidos pueden ser envenenados o llenos de drogas, y que en México todavía no, pero que puede ocurrir en cualquier momento y que además, se queda en una celebración vacía de significado.

Gracias a Dios la tradición del Día de Muertos ha tomado más auge al paso de los años y en todo el país se ponen ofrendas para que los niños conozcan esta forma prehispánica de ver la muerte, forma que solo en este nuestro querido México se ve.

Estoy muy feliz y agradecida de haber podido cumplir con este deseo de tanto tiempo y ojalá sigamos protegiendo esa mexicanidad tan maravillosa y llena de luz.